Hace pocos días, un medio especializado de Brasil preguntaba en su editorial si la carne brasileña no estaba demasiado cara para los mercados internacionales. Sin dudas, y a la luz de la fuerte suba experimentada por la hacienda en Argentina, cabría formular la misma pregunta para nuestro país.
Muchos atribuyen como responsables de esta coyuntura de precios a la política agropecuaria, a los factores climáticos, al desaliento de los productores que se alejan de la ganadería para buscar refugio en otras producciones, a la inflación, a la política impositiva y cambiaria o a una combinación de todos estos aspectos.
Sin embargo, y sin que ello signifique relativizar tales argumentos, de manera silenciosa y pese a nuestros acuerdos o desacuerdos, el mundo sigue girando. La demanda mundial por proteínas de origen animal no se detiene, en tanto que la oferta de carnes crece a un ritmo menor que la demanda y, poco a poco, va convirtiendo a la carne vacuna en un alimento de lujo cada vez más costoso.
En la profundización de este desequilibro inciden de manera determinante las restricciones sanitarias de los países importadores, los estándares privados, las medidas relativas a la sustentabilidad ambiental y las políticas domésticas que adoptan las naciones productoras.
Dicho factor estructural estará presente de aquí en adelante por varios años más, al igual que las políticas expansivas de los Estados Unidos y otras naciones desarrolladas que están llevando a una apreciación de las monedas de los países productores de alimentos y, por ende, a mayores precios en dólares de las commodities agropecuarias.
Ambos aspectos se expresan claramente en el comportamiento de los precios de la hacienda vacuna en los principales productores -Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Estados Unidos, Australia y la Unión Europea- que por primera vez en la historia, medidos en dólares, convergieron hacia valores que usualmente se registraban en Europa y Estados Unidos.
Vale remarcar que esta alineación de precios que comenzó a revelarse primero en Brasil y Uruguay, hacia fines de 2008, y en Argentina en el tercer trimestre de 2009, es inédita en el comercio mundial de carnes. Hasta hace poco, los diferenciales de precio de la hacienda entre los países se justificaban por el acceso a mercados de mayores ingresos.
Por ejemplo, si los Estados Unidos accedían al mercado japonés por las condiciones sanitarias de su rodeo, al ser este un mercado de alto valor, era de esperar que su hacienda obtuviera precios superiores. Ese paradigma también condenaba a la Argentina, país libre de aftosa con vacunación, a precios menores que los obtenidos por Estados Unidos, precisamente por las restricciones sanitarias de acceso a los mercados.
¿Pero entonces se derrumba el viejo paradigma de las ventajas competitivas de la carne vacuna argentina? A decir por las causas que le dan origen, esto es, una demanda creciendo más rápidamente que la oferta (para alimentar a 9.000 millones de personas en 2050, de acuerdo a estimaciones de FAO) y la debilidad del dólar en un contexto de recuperación de las principales economías, todo hace presumir que dicho fenómeno llegó para quedarse por un largo tiempo.
De ser cierto este análisis, toda la cadena sectorial debería estar pensando, por un lado, en cuál debería ser su nuevo posicionamiento en el mercado mundial, y por otro lado, si es factible recrear condiciones de competitividad que hagan sustentable la producción de ganados y carnes en este nuevo contexto. El primero de los aspectos se vincula con el diseño de estrategias comerciales que promuevan una diferenciación de productos (por calidad, atributos especiales, mayor procesamiento, etc.). Los mercados que en la actualidad se llevan el mayor volumen de las exportaciones cárnicas en Argentina (Rusia) y en Brasil (Irán), con un escenario de precios de la materia prima equivalentes, aumentarán las chances de una mayor competencia por precio y, por ende, una mayor inestabilidad en el flujo de exportaciones.
Por otra parte, para recrear las condiciones de competitividad existen dos factores positivos que se complementan. Por un lado, las políticas públicas deberían crecer en previsibilidad y orientación al largo plazo (dadas las características intrínsecas de la actividad ganadera), de la mano de una mejor articulación con los actores privados e interacción con las instituciones de base tecnológica. Dicho accionar debería propender a optimizar todo el potencial para aumentar la producción y la productividad de la cadena ganadera. En otras palabras, si la hacienda se está relocalizando en las provincias del NOA y NEA, y las mejoras tecnológicas conllevan una mayor producción de granos forrajeros y pasturas en dicha región, las industrias transformadoras y el resto de las actividades conexas también deberían acompañar el proceso de relocalización, contribuyendo a lograr importantes economías externas por menores costos de transporte junto a una mayor eficiencia en la conversión de la proteína vegetal en animal. Esto significa, desarrollar clusters de producción pecuaria (ya no sólo de ganado bovino) en los lugares que se proyectan como proveedores de forrajes, concentrando allí también las industrias que transformen la materia prima en alimentos para el consumidor final.
El otro factor complementario se relaciona con la calidad y el agregado de valor. Por estas horas se pondera la apertura del mercado chino para las carnes vacunas argentinas, un hecho por demás auspicioso, siempre y cuando los productos que allí se coloquen permitan una efectiva y mayor valorización del animal y no se trate solamente de ventas de menudencias o de un desvío de comercio desde Hong Kong hacia China continental.
Con igual énfasis, Argentina debe avanzar hacia la apertura de mercados de alto valor (Estados Unidos, Japón, Canadá y Corea del Sur), para capturar altos precios que permitan una óptima integración con las ventas locales y la recuperación de la competitividad sectorial.
Fuente: Clarín, Suplemento Rural, 27 de noviembre.


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