Con lluvias de apenas 450 milímetros por año, la estancia Los Venados logró triplicar la carga por hectárea.
Por Pablo Losada.
Con el corrimiento de la frontera agrícola, poco a poco comieza a descubrirse cómo se hace ganadería eficiente desde los distintas zonas productivas de la Argentina, que quizás antes estaban un poco olvidadas.
Aunque no se tenga en cuenta lo suficiente, al momento de pensar en los principales factores para la producción, uno de los insumos fundamentales para la ganadería es el agua. En la estancia Los Venados, en el sur de San Luis, justamente queda demostrado que la eficiencia puede estar asociada a una administración eficiente del agua, aunque no necesariamente haya una abundante oferta hídrica en el año.
En el campo de cría Los Venados, de 12.600 hectáreas, ubicado en Alto Negro, a 160 kilómetros al sur de la ciudad de San Luis, hay 3.500 madres, sobre 90% de la superficie praderizada con pastos adaptados. El establecimiento cuenta con altísimos índices de preñez, de un promedio superior al 90% y producen su propia semilla forrajera para sembrar en estos ambientes. Una demostración del alto potencial de la región.
El sur puntano es una zona de pastizales, de tipo sabana, que forman el tapiz natural de un relieve levemente ondulado. Estos pastizales, pocos palatables y de baja digestibilidad para el ganado, crecen sobre suelos muy arenosos y con un acumulado de lluvias de solo 450 milímetros por año, concentrados en la estación cálida. Estas características constituyen un ambiente íntegramente ganadero.
Carlos Bossi, asesor responsable de Los Venados, contó a Clarín Rural que esta estancia está formada por tres campos: el primero de ellos, de 7.000 hectáreas, fue adquirido en 1999; el segundo, de 3.800, se compró en 2003, y la última incorporación fue hecha hace tres años, y son 1.800 hectáreas más.
Bossi comentó que antes que la firma La Ñata -que llegó desde Buenos Aires (Ver Un negocio…)- adquiriera esta estancia, él ya asesoraba campos en la provincia de San Luis. Por ello, consideró que el campo tenía un enorme potencial para el desarrollo forrajero. Se trata de una experiencia que vale la pena conocer.
El especialista técnico relató que el primer paso, luego de la compra del campo, fue un convenio de vinculación tecnológica con la estación experimental Villa Mercedes, de INTA, para la introducción de especies exóticas (Ver La siembra…). De esta interacción surgió la incorporación de digitaria eriantha, una especie de origen sudáfricano, que representa el 75% de cada uno de los tres módulos de producción en Los Venados. El restante 25% es de pasto llorón, otra gramínea que ya estaba adaptada a estos ambientes. Con la persistencia, la longevidad y la resistencia al frío de la digitaria, junto a las virtudes del pasto llorón, lograron un salto productivo, dado por el aumento de la carga.
A partir de las pasturas, la carga pasó de 0,1 vaca/ha con pastizal natural a 0,28 vacas/ha, de promedio, con la pradera. Además, Bossi subrayó que el ambiente, estabilizado, tiene un mayor potencial. En un módulo de producción, el más antiguo, la carga alcanza las 0,43 vacas/ha, subrayó.
Otra de las tecnologías que ayudó al cambio productivo fue el pastoreo rotativo. Mediante esta técnica, la hacienda comienza la rotación concentrada sobre lotes de pasto llorón en la primavera, que rebrota antes que la digitaria. Sobre esta pastura se producen las pariciones y las vacas con el ternero al pie comen hasta que el pasto pierde calidad. Luego, la hacienda pasa al módulo de digitaria, entre enero y febrero, hasta el destete del ternero y con las vacas, supuestamente, preñadas. En ese momento, la hembra, con menores requerimientos que el binomio vaca-ternero, regresa al pasto llorón que, a pesar de la caída de la calidad, permite mantener esta categoría en gestación.
Así, durante el otoño, Bossi explica que se recupera la digitaria para ser diferida al invierno, para la última rotación de las vacas. A pesar de caer la calidad, por la llegada del frío y las heladas, la digitaria mantiene una vaca preñada, mientras que el llorón se pierde totalmente de los lotes, afirma. Al verano siguiente, al regreso sobre la digitaria, el primer lote comido es diferente al que hizo punta el verano anterior.
La salida de la hacienda del pasto llorón es un punto clave en la rotación, ya que la hembra debe entrar al invierno con buen estado corporal, ya que el tenor proteico de la digitaria es muy bajo. En casos excepcionales, al animal se le suministran sales minerales y urea para suplir esta falta de proteína. O bien, si la condición climática es muy seca, se practica el destete precoz, en lugar del anticipado, que es el tradicional en este campo.
La baja de proteína del forraje en el invierno es uno de los desafíos por superar, dice Bossi. Por ello, la vinculación con el INTA continúa hasta hoy y, junto a ellos, en Los Venados están tras la domesticación de una especie nativa de invierno, la poa ligularis. Al lograr la adaptación de esta gramínea, dice el técnico, se alcanzará un doble beneficio: por un lado, tener forraje de mayor calidad en el invierno y, por otro, retirar el costo de las sales minerales. Para este desarrollo, en la estancia hay un jardín de multiplicación de poa ligularis, con el fin de tener semilla para intersembrar con las especies primavero-estivo-otoñales.
En la Argentina, la ganadería, durante muchos años, estuvo marginada. Sin embargo, en el detrás de escena, los productores no se detuvieron, se acomodaron a la coyuntura y buscaron todas las tecnologías posibles para producir en los ambientes disponibles. Esta región de San Luis es uno de ellos, como lo muestra el caso de Los Venados. Así, hoy relucen muchas estrategías desde distintos puntos del país. Y auguran para esta actividad un enorme futuro.
Un negocio que tiene muchas patas.
La actividad de la empresa propietaria de Los Venados se desarrolla no solo en San Luis, sino que se divide en tres regiones: en la zona de Navarro y Mercedes, Buenos Aires, está el establecimiento inicial de la firma, La Ñata, de 1.500 ha en tres campos. Aquí está la cabaña de la raza Hereford y Angus, el tambo y también un semillero de pasturas megatérmicas. Otro módulo del negocio está en la localidad de Rancul (La Pampa), llamado Estancia Rancul, donde se hace agricultura, la recría y el engorde de los terneros criados en San Luis.
Los campos puntanos fueron los últimos adquiridos por la empresa. La apuesta en la zona semiárida fue por la cría con especies forrajera adaptadas y longevas aunque éstas luego de varios años de implantada, pierden productividad. Para mantenerla, se hace una renovación, a través de una roturación con una rastra de doble acción. Así baja la densidad del stand y la pastura reaunuda el crecimiento con un menor cantidad de plantas por metro cuadrado.
Las especies adaptadas tienen un rendimiento en materia seca, en promedio, entre 1.800 a 2.200 kg/ha/año y una de sus ventajas, según cuenta el asesor técnico de Los Venados, Carlos Bossi, es que se puede mantener la carga en los años secos sin alterar la carga.S
La siembra de la pastura.
En un ambiente de pastizal natural, como el de Los Venados, en el sur de San Luis, las primeras praderizaciones se hacían con la quema. Según detalló el asesor técnico del establecimiento, Carlos Bossi, para ello se realiza un contrafuego que consiste en demarcar el lote que será sembrado mediante una pasada con un arado de discos. De esa forma, se evita que el fuego se propague. Actualmente, comenta el técnico, para las quemas hay que pedir autorizaciones. No obstante, manifiesta que los contrafuegos están difundidos, ya que durante el invierno la falta de lluvias hace que el ambiente sea muy propenso a los incendios. Luego de la quema ingresa un rastrón, que da vuelta el pajonal quemado y, en la misma labor, siembra la semilla. En el caso de la última fracción de Los Venados que fue adquirida, que se encuentra más al oeste que los otros dos, hay un sector del campo con monte bajo arbustivo. En ese caso, la siembra se hace con rolo de monte y en la misma labor, se siembra la semilla. También se puede implantar en siembra directa.
Fuente: Clarín, Suplemento Rural, 23 de octubre.


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