Por Carlos Marín Moreno.
Algunos indicadores ganaderos dan cuenta de una ligera reducción en el interés por ingresar a la actividad, comparado con el vigente en 2010, cuando los precios rebotaron luego de la fuerte liquidación.
El primero es el valor de la vaquillona preñada. Juan Barberis, consignatario de Liniers, recuerda que desde 2002 a 2006, antes de la intervención oficial en el mercado, un vientre nuevo preñado valía el equivalente a 430 kilos de novillo. Luego, de 2006 a 2009, los ganaderos perdieron interés en la cría y el valor de la vaquillona preñada cayó a 325 kilos de novillo. A partir de 2010 los operadores tomaron nota de la escasez, volvieron a invertir y se llegó a un máximo de 550 kilos. En el otoño de 2012 el valor oscila alrededor de 411 kg, por debajo de los correspondientes a antes y después del peor momento ganadero.
Otro indicador de cautela es el precio del ternero para invernada. Se encuentra en un nivel parecido al de 2011 -por ejemplo $ 12 por kilo de macho liviano- a pesar de la inflación de los últimos 12 meses. Actualmente la brecha con la hacienda gorda se ha reducido a 10-15% contra valores superiores al 30% de 2010 y 2011.
En síntesis, algunas relaciones entre categorías de hacienda tienden a normalizarse, de acuerdo a un comportamiento más conservador de algunos operadores, que estiman que ya tuvo lugar gran parte del recorrido alcista de los precios y hacia adelante hay una actividad viable, pero que demandará mucho esfuerzo e inversiones para continuar siendo rentable.
El relativo enfriamiento de los valores de algunas categorías de hacienda también tiene que ver con la retirada de inversores externos al sector, frente a la favorable relación de conversión de kilos de carne en dólares. “La hacienda triplicó su valor en dólares con relación al promedio histórico en los últimos años y eso determinó que muchos capitales salieran del negocio”, observa Barberis. Además, hay que considerar que, luego de la liquidación de 2009, quedan pocos productores con hacienda, que tienen poco capital de trabajo para hacer frente a insumos con precios en permanente aumento. Y ya se sabe: para crecer en cabezas, primero los productores pueden guardarse más hembras, pero luego deben realizar fuertes inversiones en pasturas e instalaciones, que no todos pueden concretar y cuyo repago depende, principalmente, de los vaivenes de precios emergentes de un imprevisible mercado interno.
Fuente: La Nación, Suplemento Campo, 14 de abril.


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