Aplausos, por lo tanto, para el Gobierno, que logra un hecho trascendente y al cual extrañamente, hasta el momento, no ha utilizado políticamente. ¿Un súbito ataque de mesura republicana? ¿Qué habrá ocurrido con el primer mandamiento de la gestión oficial que consiste en creer que lo único que importa es el relato de la realidad y no la realidad misma?
La buena noticia que viene de China no deja de ser una rareza para un Gobierno adicto a transmitir a la sociedad, siempre por medio de la presidenta Cristina Kirchner, todas las acciones que realiza o las acciones que sueña realizar, sean éstas minúsculas o trascendentes. Así las cosas, fue de lo más natural comunicar en su momento los planes para financiar en cuotas la compra de calefones o de bicicletas o anunciar el ya requeteanunciado pago al Club de París. Tampoco se privaron de comunicar fantasías irrealizables como aquel proyecto de poner en marcha los megafeedlots de terneros Holando.
Pero esta vez es distinto, casi como si todo hubiera cambiado.
El acuerdo con China se firmará formalmente el próximo martes en Pekín. Lo harán el ministro Agricultura, Julián Domínguez, y su par chino, Han Changfu.
La operación de este acuerdo comenzó a mediados de julio con la visita a China de la presidenta Kirchner. Como se sabe, los esfuerzos de esa misión estaban puestos en destrabar el conflicto por la barrera impuesta por los chinos a la compra de aceite de soja argentino. En el medio del tire y el afloje, alguien tuvo la genialidad, probablemente el mérito deba ser otorgado al agregado agrícola Omar Odarda, de incorporar en la agenda bilateral la carne vacuna, un tema que estaba dormido. Luego y contra reloj, en un poco más de tres meses, se logró cumplir todos los requisitos que exigían los protocolos sanitarios.
A partir de la firma del martes, la carne vacuna argentina podrá acceder a un mercado gigantesco, en el que no hay que contabilizar a la población total, los 1400 millones de chinos, sino a los 70 millones de personas que perfectamente se puede calificar de millonarios. Algunas estimaciones se arriesgan en decir que el club de billonarios en este país, los que tienen más de mil millones de dólares, está compuesto por 8 millones de chinos. Y todo esto sin contar los millones que componen la clase media acomodada que perfectamente está en condiciones de ser tentada para ir a comer un buen lomo a la pimienta en un restaurante.
Sin embargo, todas estas cifras no pueden más que brindarnos una idea muy limitada de las dimensiones galácticas que tienen la población y el potencial asiático.
Ahora bien, se sabe que el tamaño del mercado importa bien poco si el producto en cuestión no es aceptado.
En este sentido, vale tener en cuenta lo que ocurrió este año en la Expo Shanghai. Durante los seis meses que duró esta muestra universal se pudo testear el alto grado de interés que despertaron nuestras carnes. En el pabellón argentino, por el que pasaron casi 4 millones de personas, funcionó el restaurante El Obelisco, con 300 cubiertos, en el que el bife argentino fue degustado gracias a un permiso especial de las autoridades chinas.
Por ahora y para los próximos meses se seguirán exportando menudencias. Claro, con la apertura del mercado ya no tendrán que pasar por Hong Kong, con su intermediación obligada, sino que lo harán en forma directa a los distribuidores chinos. Pero para el próximo año las menudencias comenzarán a ser acompañadas por algunas nalgas y cuadriles y se estima que podrían completarse 15.000 toneladas de carne. Todavía es muy prematuro para saber con qué cortes y en qué proporción se conformará la tonelada de carne de exportación a China, pero entendidos en el negocio la calculan en 14.000 dólares.
Si es que ya no lo hizo antes, a esta altura de la nota usted ya se debe de haber preguntado lo que cae de maduro: ¿para qué queremos abrir nuevos mercados si no tenemos stock como para abastecerlos? Si Guillermo Moreno escamotea los permisos de exportación (ROE) ¿qué sentido tiene la apertura de mercados? Desde ya, todas las objeciones son ciertas. Pero hay un factor que ayuda a encontrar la respuesta correcta: el tiempo.
Abrir un mercado tan valioso y cerrado como el chino puede llevar decenas de años, mientras que el stock vacuno puede recomponerse de aquí a dos o tres años.
Lo mismo se puede plantear con la vigencia de este sistema intervencionista y de los funcionarios actuantes. Algún día serán parte del recuerdo. Lo que permanecerá en el tiempo será un mercado chino abierto para nuestras carnes.
Fuente: La Nación, Suplemento Campo, 27 de noviembre.


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